Los periódicos de la época los describieron como criaturas
surgidas de un mundo remoto. El exotismo con que fueron mostrados revelaba no
solo el desconocimiento sobre ellos, sino también la distancia cultural entre
la Guatemala oficial y los pueblos originarios que sobrevivían fuera de la
lógica del Estado nacional.
Los lacandones surgieron de antiguas mezclas culturales entre
grupos provenientes de Yucatán y del Petén guatemalteco. Durante siglos
permanecieron refugiados en las selvas, prácticamente al margen de la
dominación colonial. ¿Cómo lograron mantenerse ocultos y preservar su
independencia frente a una civilización que apenas tuvo contactos esporádicos
con ellos?
Habitaban una vasta región selvática atravesada por ríos
caudalosos y ceñida por montañas, en un territorio donde la naturaleza era
todavía más poderosa que cualquier autoridad política. Vivían de la caza, la
pesca y pequeñas milpas abiertas en medio de la selva. El maíz, los monos, los
pavos de monte y el río formaban parte de una cotidianidad casi intacta desde
tiempos ancestrales.
En 1786 algunos grupos lacandones fueron vistos y
entrevistados por misioneros españoles en El Petén. Volvieron a perderse entre
la espesura de la selva, reapareciendo ocasionalmente conforme avanzaba la
colonización del Petén y de las selvas yucatecas. La demanda de chicle en
Estados Unidos atrajo chicleros y colonos a la región en busca de aquel “oro
blanco” convertido después en goma de mascar.
Los chicleros relataron encuentros fugaces con lacandones
silenciosos que observaban desde la espesura antes de desaparecer nuevamente
entre los árboles. Durante décadas circularon historias sobre canoas
abandonadas en los ríos, huellas descalzas en el lodo y fogatas recién apagadas
que alimentaron el mito de un pueblo invisible.
Fernando Mollinedo apunta: “Hasta el Tratado con México de
1882, Chiapas formó parte del territorio guatemalteco. Pero la toponimia revela
que el hábitat de estos indígenas abarcaba también regiones del municipio de La
Libertad, Petén. Fueron rebeldes que no se sometieron a las autoridades de
Guatemala; permanecieron aislados, independientes y altaneros, considerándose
inmunes dentro de las defensas naturales que ofrecían las abruptas montañas y
los ríos Lacantún, Chixoy y Usumacinta”.
Su aislamiento permitió la preservación de antiguas prácticas
religiosas vinculadas al mundo maya prehispánico. Los lacandones continuaron
realizando ceremonias en pequeños templos de palma donde quemaban copal y
ofrecían alimentos a sus dioses. Muchos antropólogos encontraron en ellos
vestigios culturales que parecían provenir directamente de la antigua
civilización maya.
Severo Martínez Peláez plantea la posibilidad de que
numerosos indígenas huidos de las encomiendas y de los llamados “Pueblos de
Indios” se internaran en la selva petenera y terminaran integrándose a grupos
lacandones. Escribe en La patria del criollo: “preferían las
miserias de la vida primitiva en la selva, y no la pobreza, la explotación y
los azotes del régimen de pueblos”.
La fugitiva e invisible existencia de los lacandones, como
señala Robert Johnston, conduce inevitablemente a reflexionar sobre la
persistencia de un mundo anterior a la llegada de los europeos, un mundo que
reaparece en la memoria colectiva y en las ruinas de ciudades cubiertas por la
selva. Surge entonces la pregunta sobre la continuidad histórica de las
culturas mayas y sus vínculos con los pueblos indígenas contemporáneos.
No deja de ser significativo que muchas de las antiguas
ciudades mayas permanecieran ocultas precisamente en las regiones donde
sobrevivieron los lacandones. Mientras arqueólogos y aventureros buscaban
pirámides devoradas por la vegetación, todavía existían hombres que conservaban
una relación espiritual con aquella selva milenaria.
Los lacandones desaparecieron de Guatemala sin haberse
sometido nunca plenamente a la autoridad española ni republicana. La reducción
de su población fue consecuencia de enfermedades, desplazamientos, tala de
bosques y presión colonizadora. La selva que durante siglos les permitió
sobrevivir comenzó lentamente a cerrarse sobre ellos. Allí donde antes reinaba
el silencio verde aparecieron campamentos madereros, pistas clandestinas y
carreteras improvisadas.
Si en 1938 cinco lacandones fueron llevados a la capital para
exhibirlos como animales de feria, tres décadas más tarde la etnia
prácticamente había desaparecido del territorio guatemalteco. La selva del
Petén, que durante siglos les sirvió de refugio, comenzó también a desaparecer.
Todavía en los años cincuenta y principios de los sesenta del
siglo pasado en El Petén se conseguían flechas y arcos hechos por los
lacandones que se vendían a los visitantes y turistas. Actualmente ya no se
consiguen en Guatemala, pero si en Chiapas, donde residen los últimos grupos
lacandones. Actualmente se calcula que la población lacandona oscila entre mil
quinientos y dos mil integrantes. Viven sobre todo en comunidades asentadas en
la Selva Lacandona, particularmente en áreas comprendidas dentro de la Reserva
de la Biósfera Montes Azules, en el estado mexicano de Chiapas.
El último lacandón de Guatemala pudo haber sido un anciano
llamado José García, fallecido en 1964 en el hospital de San Benito. Con él
terminó de extinguirse una presencia humana que había sobrevivido durante
siglos entre los árboles, los ríos y las ruinas ocultas del Petén. (Fuente:

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