8 jun 2026

LOS LACANDONES: MEMORIA DE UNA DESAPARICIÓN

Eb' li qaxe'tooon li toje' xsachikeb' sa' li tenamit Watemaal, ab'an nanawmank naq sa' xteepal México toj wankeb'.

Jo' naxye li esil, oob'eb' chi aj Lacandón xe'k'ame' chi minb'il ruheb' sa' li nimla tenamit Watewaal, sa' li chihab' 1983 xnimq'e li qatenamit ut sa' xnimq'e aj wi' laj jolominel ma' Jorge Ubico Castañeda, b'arwi' li qaxe'toon xe'k'ute' chi ruheb' laj kaxlan winq sa' li tenamit, kama'aneb' chik li xul malaj se'eel cho'q reheb' li tenamit.

En la entonces llamada Feria Nacional de Guatemala de 1938, celebrada cada noviembre coincidiendo con el cumpleaños del dictador Jorge Ubico Castañeda, fueron exhibidos como rareza cinco lacandones traídos contra su voluntad desde las profundidades de la selva petenera. Para la mayoría de los asistentes era la primera vez que veían a uno de aquellos indígenas casi legendarios cuya existencia apenas se conocía. Con largas cabelleras, túnicas blancas, plumas y flechas, aparecieron ante un público urbano y ladino que los observaba con mezcla de fascinación y extrañeza.

Los periódicos de la época los describieron como criaturas surgidas de un mundo remoto. El exotismo con que fueron mostrados revelaba no solo el desconocimiento sobre ellos, sino también la distancia cultural entre la Guatemala oficial y los pueblos originarios que sobrevivían fuera de la lógica del Estado nacional.

Los lacandones surgieron de antiguas mezclas culturales entre grupos provenientes de Yucatán y del Petén guatemalteco. Durante siglos permanecieron refugiados en las selvas, prácticamente al margen de la dominación colonial. ¿Cómo lograron mantenerse ocultos y preservar su independencia frente a una civilización que apenas tuvo contactos esporádicos con ellos?

Habitaban una vasta región selvática atravesada por ríos caudalosos y ceñida por montañas, en un territorio donde la naturaleza era todavía más poderosa que cualquier autoridad política. Vivían de la caza, la pesca y pequeñas milpas abiertas en medio de la selva. El maíz, los monos, los pavos de monte y el río formaban parte de una cotidianidad casi intacta desde tiempos ancestrales.

En 1786 algunos grupos lacandones fueron vistos y entrevistados por misioneros españoles en El Petén. Volvieron a perderse entre la espesura de la selva, reapareciendo ocasionalmente conforme avanzaba la colonización del Petén y de las selvas yucatecas. La demanda de chicle en Estados Unidos atrajo chicleros y colonos a la región en busca de aquel “oro blanco” convertido después en goma de mascar.

Los chicleros relataron encuentros fugaces con lacandones silenciosos que observaban desde la espesura antes de desaparecer nuevamente entre los árboles. Durante décadas circularon historias sobre canoas abandonadas en los ríos, huellas descalzas en el lodo y fogatas recién apagadas que alimentaron el mito de un pueblo invisible.

Fernando Mollinedo apunta: “Hasta el Tratado con México de 1882, Chiapas formó parte del territorio guatemalteco. Pero la toponimia revela que el hábitat de estos indígenas abarcaba también regiones del municipio de La Libertad, Petén. Fueron rebeldes que no se sometieron a las autoridades de Guatemala; permanecieron aislados, independientes y altaneros, considerándose inmunes dentro de las defensas naturales que ofrecían las abruptas montañas y los ríos Lacantún, Chixoy y Usumacinta”.

Su aislamiento permitió la preservación de antiguas prácticas religiosas vinculadas al mundo maya prehispánico. Los lacandones continuaron realizando ceremonias en pequeños templos de palma donde quemaban copal y ofrecían alimentos a sus dioses. Muchos antropólogos encontraron en ellos vestigios culturales que parecían provenir directamente de la antigua civilización maya.

Severo Martínez Peláez plantea la posibilidad de que numerosos indígenas huidos de las encomiendas y de los llamados “Pueblos de Indios” se internaran en la selva petenera y terminaran integrándose a grupos lacandones. Escribe en La patria del criollo: “preferían las miserias de la vida primitiva en la selva, y no la pobreza, la explotación y los azotes del régimen de pueblos”.

La fugitiva e invisible existencia de los lacandones, como señala Robert Johnston, conduce inevitablemente a reflexionar sobre la persistencia de un mundo anterior a la llegada de los europeos, un mundo que reaparece en la memoria colectiva y en las ruinas de ciudades cubiertas por la selva. Surge entonces la pregunta sobre la continuidad histórica de las culturas mayas y sus vínculos con los pueblos indígenas contemporáneos.

No deja de ser significativo que muchas de las antiguas ciudades mayas permanecieran ocultas precisamente en las regiones donde sobrevivieron los lacandones. Mientras arqueólogos y aventureros buscaban pirámides devoradas por la vegetación, todavía existían hombres que conservaban una relación espiritual con aquella selva milenaria.

Los lacandones desaparecieron de Guatemala sin haberse sometido nunca plenamente a la autoridad española ni republicana. La reducción de su población fue consecuencia de enfermedades, desplazamientos, tala de bosques y presión colonizadora. La selva que durante siglos les permitió sobrevivir comenzó lentamente a cerrarse sobre ellos. Allí donde antes reinaba el silencio verde aparecieron campamentos madereros, pistas clandestinas y carreteras improvisadas.

Si en 1938 cinco lacandones fueron llevados a la capital para exhibirlos como animales de feria, tres décadas más tarde la etnia prácticamente había desaparecido del territorio guatemalteco. La selva del Petén, que durante siglos les sirvió de refugio, comenzó también a desaparecer.

Todavía en los años cincuenta y principios de los sesenta del siglo pasado en El Petén se conseguían flechas y arcos hechos por los lacandones que se vendían a los visitantes y turistas. Actualmente ya no se consiguen en Guatemala, pero si en Chiapas, donde residen los últimos grupos lacandones. Actualmente se calcula que la población lacandona oscila entre mil quinientos y dos mil integrantes. Viven sobre todo en comunidades asentadas en la Selva Lacandona, particularmente en áreas comprendidas dentro de la Reserva de la Biósfera Montes Azules, en el estado mexicano de Chiapas.

El último lacandón de Guatemala pudo haber sido un anciano llamado José García, fallecido en 1964 en el hospital de San Benito. Con él terminó de extinguirse una presencia humana que había sobrevivido durante siglos entre los árboles, los ríos y las ruinas ocultas del Petén. (Fuente: https://epinvestiga.com/dominical/memoria-de-una-desaparicion/)

 

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